In Finibus Tartessorum

TESORO DEL CARAMBOLO

1. ¿QUÉ FUE TARTESO?

Tartessos (o Tarteso en su forma castellanizada) es el término con el que algunos historiadores y geógrafos grecorromanos denominaron desde el siglo VI a.C. a la región del suroeste de la península ibérica. Aunque no existe una frontera definida que nos permita marcar los límites de Tarteso, actualmente se identifica con el territorio ubicado aproximadamente entre la provincia de Málaga y la desembocadura del río Guadiana al sur, y Sierra Morena al norte. En ocasiones, estos mismos autores clásicos sitúan en esta zona un gran río, una ciudad y un reino del mismo nombre, siendo famoso por sus riquezas metalíferas y por sus leyes escritas desde hacía varios siglos.

Imagen 1.1: Mapa de la Península Ibérica con la ubicación de los principales yacimientos del I milenio a.C.

No obstante, a pesar de la información aportada por dichos escritores, el análisis crítico de sus textos y la información arqueológica conocida hasta el presente hace a los investigadores dudar seriamente acerca de la existencia de un rico y poderoso reino en torno al Guadalquivir con el que hubieran empezado a entablar contactos comerciales los navegantes fenicios y griegos. De hecho, los yacimientos conocidos muestran que esta región del suroeste peninsular no empezó a florecer económica y socialmente hasta los siglos IX-VIII a.C., coincidiendo con el inicio de la colonización fenicia. Esta estuvo motivada por la búsqueda de nuevas minas metalíferas para abastecer sobre todo de hierro y de plata al Mediterráneo oriental, cesándose esta actividad a mediados del siglo VI a.C.

Imagen 1.2: Mapa del Mediterráneo con las principales rutas comerciales desde Tiro hasta Tarteso.

Este vasto emporio comercial habría sido probablemente el conocido y mencionado por autores como Hecateo, Heródoto y Tucídides, entre otros, haciéndose eco de una realidad pasada ya inexistente.

Para saber más:
Aubet Semmler, M.E. (2009): Tiro y las colonias fenicias de occidente. Barcelona, Bellaterra.
Celestino Pérez, S.; López-Ruiz, C. (2020): Tarteso y los fenicios de occidente. Córdoba, Almuzara.

 

2. HISTORIA DE LAS INVESTIGACIONES EN EL CARAMBOLO

Hasta mediados del pasado siglo, la práctica totalidad de la información conocida sobre Tarteso procedía de los datos aportados por los autores grecorromanos. Sin embargo, desde el punto de vista arqueológico, a pesar de las excavaciones efectuadas en algunos cementerios prerromanos de la región, no se conocían contextos ni objetos propios de la población local. Entre ellos se encontraba la estatuilla de bronce de la diosa fenicia Astarté.

Imagen 2.1: Sondeo arqueológico controlado por Carriazo tras las obras de rebaje del terreno.

Esta tendencia cambió con el descubrimiento del tesoro de El Carambolo en 1958. Gracias al aviso dado por los obreros que ampliaban las instalaciones del Tiro de Pichón, pudo empezar a recuperarse una valiosísima información arqueológica acerca del contexto del que procedía el hallazgo. Dicha intervención arqueológica se llevó a cabo en el cerro por parte de Juan de Mata Carriazo y Arroquia. En ella, por encima de un auténtico laberinto de muros de difícil interpretación para su excavador, destacó la fosa en la que se encontró el conjunto de piezas de oro. Esta fue tenida por el fondo de una cabaña que habría sido construida con anterioridad a la llegada de los fenicios a la región, por lo que el tesoro y las cerámicas con decoración “de tipo Carambolo” fueron considerados típicamente locales.

Imagen 2.2: Escultura de bronce de Astarté y detalle de su inscripción en caracteres fenicios.

Frente a esta propuesta, con posterioridad se reinterpretaron algunos de los objetos más singulares encontrados en las excavaciones como propios de un santuario oriental desde su fundación, jugando un papel destacado la escultura de Astarté, exvoto entregado en un templo en agradecimiento a esta divinidad por escuchar las plegarias de dos fieles de nombres típicamente orientales. Esta nueva visión fue ratificada con las excavaciones realizadas a principios del siglo XXI por parte de Álvaro Fernández Flores y Araceli Rodríguez Azogue. Así pues, El Carambolo, antes considerado un modesto poblado de cabañas vinculado a la figura de un mítico rey local, Argantonio, es hoy visto en origen como un edificio de culto vinculado a Baal y Astarté.

Para saber más:
Álvarez Martí-Aguilar, M. (2010): “Carriazo y su interpretación de los hallazgos de El Carambolo en el contexto de los estudios sobre Tartesos”, en M.L. de la Bandera y E. Ferrer (coords.), El Carambolo: 50 años de un tesoro. Sevilla, Universidad de Sevilla: 53-98.
Escacena Carrasco, J.L. (2010): “El Carambolo y la construcción de la arqueología tartésica”, en M.L. de la Bandera y E. Ferrer (coords.), El Carambolo: 50 años de un tesoro. Sevilla, Universidad de Sevilla: 99-148.

3. EL SANTUARIO DE EL CARAMBOLO (SIGLOS IX-VI a.C.

Las excavaciones llevadas a cabo a principios del siglo XXI en El Carambolo han permitido identificar un importante complejo religioso con cinco fases constructivas diferentes. La primera de ellas (fase V), iniciada en la segunda mitad del siglo IX a.C., era un sencillo edificio de adobe rectangular con un patio de entrada y dos capillas al fondo. En el interior de una de ellas quedan huellas de un posible altar circular.

Imagen 3.1: Recreación de la fase V, la más antigua, del santuario de El Carambolo.

Este modesto templo se transformó durante los siglos VIII-VII a.C. (fases IV-III), momento en el que se amplió y se construyó un gran espacio de entrada que conducía a dos salas de culto y otras pequeñas estancias. A estas fases corresponde la construcción de un altar con forma de piel de toro en una de las capillas. Elaborado con tierra apisonada y pintado de rojo, los restos de fuego en su centro se relacionan con la quema de ofrendas para la divinidad. Un elemento característico del santuario es, sin duda, el pavimento de conchas (Glycymeris glycymeris), que pudo haber tenido una simbología protectora frente a malos espíritus que pudieran entrar en las dependencias más sagradas. Entre el porche de entrada y las capillas se encontraba el de mayor extensión, con una superficie de 180m2. Igualmente, se ha documentado parte de una vasija con la parte delantera de una embarcación fenicia rematada en una esquemática cabeza de caballo, de ahí que este tipo de embarcaciones recibieran el nombre de híppos. Además de estas estancias y elementos religiosos, a las afueras del templo se encontraron construcciones de menor tamaño. Estos edificios podrían haber servido como dependencias al personal del templo o como puntos de encuentro para realizar actividades comerciales. Un muro separaba el espacio exterior profano del interior sagrado.

Imagen 3.2: Recreación de la fase III, durante el momento de mayor esplendor, del santuario de El Carambolo.

Imagen 3.3: Altar con forma de piel de toro de la fase IV de El Carambolo.

Por último, durante los siglos VII-VI a.C. (fases II-I) se siguieron dividiendo estos espacios hasta su abandono durante la primera mitad del siglo VI a.C. No queda todavía claro cuál pudo ser el motivo exacto de dicha amortización, pero lo cierto es que coincidió en el tiempo con el abandono de numerosos santuarios y cementerios a lo largo de todo el suroeste, lo cual evidencia un drástico cambio en las costumbres religiosas en buena parte del suroeste de la península ibérica a partir de esta época.

Imagen 3.4: Ofrenda votiva en forma de barca con prómoto de caballo.

Para saber más:
Fernández Flores, A.; Rodríguez Azogue, A. (2007): Tartessos desvelado La colonización fenicia y el origen y ocaso de Tartessos. Córdoba, Almuzara.
Fernández Flores, A.; Rodríguez Azogue, A. (2010): “El Carambolo, secuencia cronocultural del yacimiento. Síntesis de las intervenciones 2002-2005”, en M.L. de la Bandera y E. Ferrer (coords.), El Carambolo: 50 años de un tesoro. Sevilla, Universidad de Sevilla: 203-270.

 

4. ORIENTACIÓN ASTRONÓMICA DEL SANTUARIO DE EL CARAMBOLO

La comprensión del firmamento ha variado con el tiempo. En muchas culturas antiguas, como la fenicia, algunos astros se consideraban sagrados. Por este motivo, desde hace décadas diversas investigaciones arqueológicas y astronómicas han venido demostrando que numerosos templos y tumbas, ya desde época neolítica, se encontraban orientados hacia determinados puntos del horizonte por los que salían o se ponían estrellas y planetas concretos.

Imagen 4.1: Recreación del santuario de El Carambolo hacia la salida del sol durante el solsticio de verano.

Este es el caso del santuario de El Carambolo. Según estudios arqueoastronómicos, la planta de su fase V, la más antigua, tuvo una orientación concreta hacia la salida del Sol durante el solsticio de verano. En esta fecha, que suele darse en torno al 21/22 de junio, el Sol sale por el punto más al sur posible del horizonte, comenzando así la jornada con más horas de luz de todo el año. Al día siguiente, parece a simple vista que el Sol amanece por el mismo punto. Esta aparente falta de movimiento en la salida del astro por el horizonte no cambia hasta el tercer día, amaneciendo desde entonces progresivamente día a día más hacia el sur. Este fenómeno fue interpretado en clave simbólica por numerosos pueblos prehistóricos e históricos como la muerte y resurrección al tercer día de su divinidad solar. Por este motivo, algunos investigadores han relacionado la orientación del edificio de El Carambolo hacia este punto del horizonte con la celebración de la muerte y resurrección de Baal, divinidad fenicia identificada con el Sol.

Imagen 4.2: Orientación del altar con forma de piel de toro de la fase III de El Carambolo y movimientos del sol los días previos y posteriores a los solsticios de verano y de invierno.

Por su parte, la sala en la que se encuentra el altar con forma de piel de toro de las fases IV y III podría haber estado orientado hacia el lunasticio mayor, momento en que la Luna alcanza su mayor altura, o guardar relación con la puesta de Venus en su posición más al sur. Si se acepta esta última propuesta, podría hablarse de un vínculo con Astarté, diosa fenicia identificada con Venus, y a la que es bastante probable que se rindiera culto en El Carambolo dado el hallazgo de la estatuilla sedente de esta divinidad en la falda del cerro.

Para saber más:
Escacena, J.L. (2007): “El dios que resucita: claves de un mito en su primer viaje a Occidente”, en J.J. Justel, B.E. Solans, J.P. Vita y J.A. Zamora (eds.), Las aguas primigenias. El Próximo Oriente Antiguo como fuente de civilización. Zaragoza, Instituto de Estudios Islámicos y del Oriente Próximo: 615-651.
Esteban, C.; Escacena Carrasco, J.L. (2013): “Arqueología del Cielo. Orientaciones astronómicas en edificios protohistóricos del sur de la Península Ibérica”, Complutum 70 (1): 114-139.

 

5. EL TESORO DE EL CARAMBOLO

El 30 de septiembre de 1958 tuvo lugar el descubrimiento casual del tesoro de El Carambolo durante unas obras de remodelación en las instalaciones del Tiro de Pichón ubicadas en el cerro. El hallazgo supuso un auténtico hito arqueológico tanto dentro como fuera de las fronteras españolas, ocupando portadas de diferentes periódicos europeos.

Imagen 5.1: Publicación internacional recogiendo la noticia del descubrimiento del tesoro de El Carambolo.

El conjunto, compuesto por veintiuna piezas de oro, está formado por un collar con siete pseudo-sellos, dos placas con forma de piel de toro, dos brazaletes cilíndricos y dieciséis placas rectangulares. A partir de diversos análisis realizados acerca del estilo y la composición de las piezas, se ha propuesto una elaboración local con una mezcla de técnicas autóctonas y orientales, a excepción del collar con pseudo-sellos de importación fenicia. En cuanto a su posible datación, las joyas parecen haber sido fabricadas en momentos diferentes entre finales del siglo VIII-VI a.C.

Imagen 5.2: Fotografía durante las intervenciones de los años cincuenta en el cerro de El Carambolo. En el centro, Alonso Hinojos del Pino, uno de los descubridores del tesoro.

La hipótesis tradicional plantea su uso como joyas propias de un monarca local. Desde este punto de vista, las placas habrían compuesto una corona y un cinturón, y el collar habría estado colgado del cuello del rey. Por su parte, las piezas con forma de piel de toro habrían ido colocadas, bien sobre los pectorales, bien una en el centro del pecho y otra en la espalda de la misma persona.

Imagen 5.3.1: Hipótesis tradicional con la colocación de las piezas del tesoro, según Juan de Mata Carriazo y Arroquia.

Imagen 5.3.2: Hipótesis actualizada según propuesta de María Luisa de La Bandera.

Frente a esta hipótesis, en las últimas décadas se ha propuesto una nueva interpretación que defiende que el conjunto habría sido empleado como ajuar litúrgico con el que se ataviaban dos reses antes de su sacrificio ritual. El sacerdote, encargado de guiar a los animales en procesión hasta el altar para ofrecerlos en holocausto, llevaría el collar de sellos y los brazales. Por su parte, un toro y una vaca, encarnando a las divinidades fenicias Baal y Astarté respectivamente, llevarían en la testuz las piezas con forma de piel de toro, y en los laterales o sobre el lomo las placas. El juego con semiesferas podría vincularse a Baal como divinidad solar, mientras que el que presenta rosetas haría lo mismo con Astarté como representación de Venus.

Imagen 5.4: Hipótesis de restitución de las piezas del tesoro de El Carambolo según Fernando Amores y José Luis Escacena.

Para saber más:
De la Bandera Romero, M.L.; Gómez Tubío, B.M.; Ontalba Salamanca, M.A.; Respaldiza Galisteo, M.A.; Ortega-Feliu, I. (2010): “El Tesoro de El Carambolo: Técnica, simbología y poder”, en M.L. de la Bandera y E. Ferrer (coords.), El Carambolo: 50 años de un tesoro. Sevilla, Universidad de Sevilla: 297-334.
Escacena Carrasco, J.L.; Amores Carredano, F. (2011): “Revestidos como dios manda. El tesoro del Carambolo como ajuar de consagración”, Spal 20: 107-141.

 

6. ¿POR QUÉ DESAPARECE TARTESO?

Durante las primeras décadas del siglo VI a.C. la ciudad-Estado de Tiro cayó bajo control de la monarquía asiria. Esta conquista frenó la necesidad de importar metales desde la región tartésica hasta el Mediterráneo oriental para pagar tributo a dicho reino. Este suceso inició una profunda crisis en el suroeste de la Península Ibérica, conocida habitualmente como “crisis del siglo VI a.C.”. Consecuencia de ello fue el fin de la economía colonial y la orientalización de la elite local.

Imagen 6.1: Idealización de la fase I de El Carambolo, la última del complejo religioso.

La información arqueológica nos permite observar algunos signos de violencia y decadencia relacionados con este periodo. Un ejemplo de ello lo vemos en la destrucción y/o abandono de las instituciones que garantizan el poder económico fenicio, los santuarios. El caso más significativo es el de El Carambolo. Los últimos niveles arqueológicos muestran que las estructuras sacras fueron amortizadas como hornos de fundición, probablemente empleados para fundir los objetos sagrados de bronce y transformarlos en lingotes. La propia ocultación del tesoro en las instalaciones del santuario, dentro de una fosa, nos habla de una rápida huida del lugar y de la imposibilidad de volver a recuperar lo ocultado; suerte parecida sufrieron numerosos templos y cementerios en la misma época dentro del suroeste peninsular, poniéndose fin con ello a Tarteso.

Para saber más:
Celestino Pérez, S. (2016): Tarteso: territorio y cultura. Barcelona, Ariel.
Ferrer Albelda, E.; García Fernández, F.J. (2019): “La crisis de Tarteso y el problema del siglo V a.C. en el ámbito geográfico turdetano”, Anales de Arqueología Cordobesa 30: 51-76.

 

CENTRO DE DOCUMENTACIÓN VIRTUAL

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